La crisis de Ceuta: una disputa territorial moldeada por siglos de historia
Puntos clave
- •Marruecos y España siguen disputándose la soberanía sobre Ceuta y Melilla, que permanecen bajo control español a pesar de las reclamaciones marroquíes.
- •Los enclaves son económicamente significativos porque funcionan como puertos francos de la UE y sostienen un comercio transfronterizo sustancial con las áreas marroquíes cercanas.
- •Los esfuerzos de la UE por controlar la migración han aumentado la importancia estratégica de Ceuta y Melilla y han convertido a Marruecos en un socio clave de la política fronteriza europea.
- •El artículo señala que el incidente de Perejil en 2002 demostró la rapidez con la que puede escalar la disputa, mientras que Gibraltar se cita como un posible modelo de arreglos negociados.
- •El autor sostiene que cualquier solución duradera debería combinar negociación, fomento de la confianza y una cooperación más amplia en materia de migración, desarrollo y derechos humanos.

Por Moha Ennaji
Publicado el 11 de ago. de 2026, 12:26 p. m. KST
FEZ — La imagen de 72.000 personas irrumpiendo en el enclave español de Ceuta desde el vecino Marruecos sirvió como un recordatorio contundente de que una de las fronteras terrestres más sensibles de la Unión Europea se encuentra en el norte de África.
El estatus de Ceuta y Melilla —otro enclave español situado dentro del territorio marroquí— ha alimentado una disputa política latente entre Rabat y Madrid durante décadas. Marruecos reivindica la soberanía sobre ambas ciudades, mientras que España insiste en que son parte integral de su territorio nacional, tanto como la propia Madrid. Más allá de su importancia política, los enclaves funcionan como puertos francos dentro del área aduanera de la UE, atrayendo un comercio transfronterizo sustancial del hinterland marroquí circundante —una interdependencia económica que complica cualquier intento de imponer una separación neta entre ambas partes.
El registro histórico es complejo. Durante siglos, las dinastías musulmanas que gobernaban el Magreb occidental y al-Ándalus controlaron Ceuta, hasta que el rey Juan I de Portugal la conquistó en 1415 —un precursor temprano de la expansión europea de ultramar. Cuando la corona portuguesa pasó bajo el control de los Habsburgo españoles en 1580, Ceuta también quedó incluida. Incluso después de que Portugal recuperara su independencia en 1640, la ciudad eligió permanecer leal a la monarquía española.
Como observó el eminente historiador francés Fernand Braudel, el Mediterráneo se entiende mejor como un espacio históricamente interconectado, moldeado por corrientes migratorias, comerciales, culturales y políticas que preceden por mucho al Estado nación moderno. Desde esta perspectiva, el estrecho de Gibraltar no es simplemente una frontera, sino una zona liminal que une dos orillas del mismo mar —orillas que han estado en contacto estrecho, aunque con frecuencia conflictivo, durante siglos.
Para sustentar su reclamación de soberanía, Marruecos invoca la historia precolonial y la autoridad perdurable del sultán marroquí sobre amplios territorios del Magreb occidental. Los historiadores marroquíes, notablemente Abdallah Laroui, han advertido contra la aplicación mecánica de las categorías territoriales del Estado nación moderno a las sociedades precoloniales.
En efecto, la concepción europea contemporánea de la frontera —una línea demarcada con precisión y legalmente codificada— no siempre refleja cómo funcionaba la soberanía en el Magreb antes de la colonización. La autoridad del sultán operaba en grados variables a través de vínculos de lealtad, tributación, afiliación religiosa y adhesión política, más que mediante una supervisión administrativa uniforme. Es contra este telón de fondo, argumenta Marruecos, que deben evaluarse sus reclamaciones sobre Ceuta, Melilla y otros territorios de soberanía española en la costa norteafricana.
Tras la independencia de Marruecos en 1956, el legado de las fronteras de la era colonial se convirtió en un tema central de debate nacional. Los nacionalistas marroquíes, liderados en particular por el sultán Mohamed V, exigieron la restitución de los territorios que consideraban habían sido desgajados de Marruecos durante el período colonial. Esta iniciativa se desarrolló en el marco de una ola más amplia de descolonización, que llevó a España a entregar Tarfaya en 1958 y Sidi Ifni en 1969.
Ceuta y Melilla, sin embargo, permanecieron bajo control español. Con el tiempo, estas antiguas posesiones coloniales pasaron a formar parte de la frontera exterior de la UE. En los últimos años, los esfuerzos de Bruselas por frenar la migración han elevado el perfil estratégico de estos enclaves, otorgándoles una importancia que rivaliza con su histórica relevancia militar y patrimonial. En virtud de sucesivos acuerdos de cooperación, la UE ha canalizado importantes fondos hacia Marruecos para ayudar a gestionar los flujos migratorios irregulares, posicionando a Rabat como un socio crítico —y a veces controvertido— en la estrategia fronteriza de Europa.
Esta dinámica en evolución ayuda a explicar la paradoja que está en el corazón de la relación entre Marruecos y España. A pesar de los sólidos vínculos económicos, el activo comercio y la estrecha colaboración en materia de seguridad y gestión migratoria, la disputa territorial sigue generando fricciones. La disputa también se intersecta con la cuestión más amplia del Sahara Occidental, donde las reclamaciones de soberanía de Marruecos y el papel histórico de España como ex administrador colonial siguen siendo una fuente perdurable de tensión diplomática. Un estudio de Jamie Trinidad, de la Universidad de Cambridge, sobre las reclamaciones de Marruecos respecto a los territorios españoles en África subraya que los argumentos jurídicos difieren para cada territorio: Ceuta, Melilla, las islas Chafarinas y el islote de Perejil no son casos jurídicos análogos. El propio Perejil fue escenario de un breve enfrentamiento armado en 2002, cuando ambos países desplegaron fuerzas antes de que la diplomacia mediada por Estados Unidos desactivara el conflicto —un episodio que puso de relieve la rapidez con la que la disputa puede escalarse.
No obstante, una resolución no necesariamente está fuera de alcance. Gibraltar —frecuentemente citado en el discurso político marroquí— ofrece un precedente relevante. El proceso de definición del estatus de Gibraltar tras el Brexit exigió una estrecha coordinación entre el Reino Unido, la UE y España. Demostró que una disputa territorial arraigada puede culminar en arreglos de gestión conjunta, incluso cuando las posiciones fundamentales de las partes sobre la soberanía siguen siendo diametralmente opuestas.
Para Marruecos, la lección es clara: incluso las disputas territoriales de larga data pueden abrir vías hacia la cooperación. Tales conflictos pueden mitigarse mediante negociaciones graduales, medidas de fomento de la confianza y otros instrumentos que separen —al menos temporalmente— las cuestiones de soberanía de las imperativos prácticos de la gestión cotidiana.
Aplicar tal enfoque a Ceuta y Melilla requeriría que Europa reconociera que la militarización fronteriza por sí sola no puede resolver el desafío migratorio, aunque las fronteras aún puedan servir como instrumentos de presión diplomática, como lo han demostrado los acontecimientos recientes. La cooperación migratoria entre Marruecos y España, se argumenta, debería insertarse en una estrategia más amplia que abarque el desarrollo económico, la movilidad legal, el desmantelamiento de las redes criminales y la protección de los derechos humanos fundamentales.
El futuro de Ceuta y Melilla, desde esta perspectiva, debería verse a través del marco más amplio de las relaciones euromediterráneas —como espacios de diálogo, intercambio y cooperación entre África y Europa, no simplemente como enclaves fortificados.
Marruecos y España están unidos por la geografía y la necesidad. Su proximidad, los entrelazados vínculos económicos y humanos, y sus intereses de seguridad compartidos exigen una relación fundamentada en la confianza y el respeto mutuo. Resolver la disputa sobre ambas ciudades no será sencillo, dado las profundas reclamaciones de cada país. Sin embargo, puede haber llegado el momento de buscar una nueva vía basada en la negociación en lugar de la confrontación —un cambio que podría no solo redefinir las relaciones bilaterales, sino también beneficiar a la región mediterránea en su conjunto.
Moha Ennaji es profesor de la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdellah y autor, más recientemente, de "Social Movements and Democratization in North Africa 1912–2024" (Palgrave MacMillan, 2026). Este artículo fue distribuido por Project Syndicate.